Tenía los ojos azules, brillantes y expresivos, su pelo rubio se ataba con una larga trenza con un lazo a topos, y llevaba un trajecito rojo muy colorido. Abrazarla, significaba sentirse protegida, aliviada, como si nada más existiera. Llamó a su muñeca Marta, que era un nombre que siempre le había gustado.
Laura se acuerda cuando era pequeña, de aquellas noches en las que llamaba a su madre porque no podía dormir. Una noche, cuando se había despertado llorando, como de costumbre, su madre le trajo a Marta. Ella la agarró con fueza, y sin saber por qué, cayó en un profundo sueño.
A partir de aquel día, Marta se convirtió en una ayuda para ella, en su protectora, en su confidente.
Cuando Laura llegó a 4º de primaria, ya había empezado a pensar en chicos, al igual que todas sus amigas, pero ella seguía cogiendo a Marta mientras dormía, o simplemente, cuando estaba triste.
Marta ya tenía los ojos borrados y cada vez estaba más vieja pero eso no le importaba.
Un día que las amigas de Laura vinieron a su casa, ella agarró sin querer a su muñeca. Todas se rieron y Laura se sintió avergonzada y llena de rabia hacia la muñeca. De aquella tenía once años, no estaba en edad de jugar con muñecas, de modo que la guardó en un baúl y se olvidó de ella. Lo volvió a abrir 3 años después. En realidad tenía la intención de coger una raqueta de pin pon, pero en su búsqueda se topó con ella, los restos del pasado. Al verla, una enorme nostalgia recorrió su cuerpo, así que la cogió y la puso sobre la cama.
Al día siguiente, Laura había tenido un desengaño amoroso y volvió a casa destrozada y llorando, así que se tumbó en la cama y, sin darse cuenta, abrazó a Marta, como hacía cuando era niña.
Marta, ya con la cara estropeada, las trenzas llenas de polvo y su vestidito lleno de manchones, se rompió.
Aquella vieja muñeca de trapo se había partido a la mitad, dejando salir el algodón que la rellenaba.
Laura se puso muy triste. Intentó coserla, pero ya no era la misma muñeca de antes, ahora tenía un aspecto todavía peor. Pensó en tirarla, pero no era capaz de deshacerse de su vieja amiga, por lo que bajó a dar una vuelta.
Pasó por todas las calles del barrio y, cuando se dirigía a su casa, vió a una niña pobre llorando, con un muñeco roto en sus manos. Laura subió lo más rápido que pudo a su casa; lavó su muñeca, le puso un vestido nuevo, la pintó y le coloreó sus ojos azules, que tanto tiempo llevaban descoloridos. La abrazó y bajó con ella en la mano. Parecía otra muñeca, pero seguía siendo Marta.
Entonces, se la dió a la nila, que milagrosamente dejó de llorar y le agradeció a Laura su regalo.
Laura también sonrió y se dió por satisfecha de su obra.
No se sabe si fueron imaginaciones suyas, pero vió sonreír a la muñeca, como si se estuviese despidiendo.
También se deslizó una gota de agua por sus ojos recién pintados, como si de una lágrima se tratase.
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