jueves, 24 de marzo de 2011

La muñeca.

Laura recordaba con dulzura el día que le regalaron aquella muñeca; su primera muñeca.
Tenía los ojos azules, brillantes y expresivos, su pelo rubio se ataba con una larga trenza con un lazo a topos, y llevaba un trajecito rojo muy colorido. Abrazarla, significaba sentirse protegida, aliviada, como si nada más existiera. Llamó a su muñeca Marta, que era un nombre que siempre le había gustado.

Laura se acuerda cuando era pequeña, de aquellas noches en las que llamaba a su madre porque no podía dormir. Una noche, cuando se había despertado llorando, como de costumbre, su madre le trajo a Marta. Ella la agarró con fueza, y sin saber por qué, cayó en un profundo sueño.
A partir de aquel día, Marta se convirtió en una ayuda para ella, en su protectora, en su confidente.
Cuando Laura llegó a 4º de primaria, ya había empezado a pensar en chicos, al igual que todas sus amigas, pero ella seguía cogiendo a Marta mientras dormía, o simplemente, cuando estaba triste.
Marta ya tenía los ojos borrados y cada vez estaba más vieja pero eso no le importaba.
Un día que las amigas de Laura vinieron a su casa, ella agarró sin querer a su muñeca. Todas se rieron y Laura se sintió avergonzada y llena de rabia hacia la muñeca. De aquella tenía once años, no estaba en edad de jugar con muñecas, de modo que la guardó en un baúl y se olvidó de ella. Lo volvió a abrir 3 años después. En realidad tenía la intención de coger una raqueta de pin pon, pero en su búsqueda se topó con ella, los restos del pasado. Al verla, una enorme nostalgia recorrió su cuerpo, así que la cogió y la puso sobre la cama.
Al día siguiente, Laura había tenido un desengaño amoroso y volvió a casa destrozada y llorando, así que se tumbó en la cama y, sin darse cuenta, abrazó a Marta, como hacía cuando era niña.
Marta, ya con la cara estropeada, las trenzas llenas de polvo y su vestidito lleno de manchones, se rompió.
Aquella vieja muñeca de trapo se había partido a la mitad, dejando salir el algodón que la rellenaba.
Laura se puso muy triste. Intentó coserla, pero ya no era la misma muñeca de antes, ahora tenía un aspecto todavía peor. Pensó en tirarla, pero no era capaz de deshacerse de su vieja amiga, por lo que bajó a dar una vuelta.
Pasó por todas las calles del barrio y, cuando se dirigía a su casa, vió a una niña pobre llorando, con un muñeco roto en sus manos. Laura subió lo más rápido que pudo a su casa; lavó su muñeca, le puso un vestido nuevo, la pintó y le coloreó sus ojos azules, que tanto tiempo llevaban descoloridos. La abrazó y bajó con ella en la mano. Parecía otra muñeca, pero seguía siendo Marta.
Entonces, se la dió a la nila, que milagrosamente dejó de llorar y le agradeció a Laura su regalo.
Laura también sonrió y se dió por satisfecha de su obra.

No se sabe si fueron imaginaciones suyas, pero vió sonreír a la muñeca, como si se estuviese despidiendo.
También se deslizó una gota de agua por sus ojos recién pintados, como si de una lágrima se tratase.




-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

martes, 8 de marzo de 2011

Asesinato a las 12 en punto.


Noche fría. Farolas apagadas en la penumbra, dejando un oscuro panorama, en el que la posesión de ojos no es suficiente para ver. Escalofriantes sonidos abundan en las calles de Londres, frías y gélidas, pero sobretodo solitarias.
Una doncella camina aceleradamente por los callejones. Se apresura para llegar pronto a su apartamento de soltera y terminar de leer su libro favorito.
De pronto, una sombra se mueve, y avanza siguiendo a la chica por las tenebrosas calles. La expresión de miedo que ya se podía apreciar antes en su cara, va haciéndose cada vez más notable. La joven dama está atemorizada. Intenta pensar en positivo, y calmarse, pero tan pronto pierde la calma, echa a correr como alma que lleva el diablo. Uno de sus zapatos de tacón se desprende de su pie derecho, haciéndola caminar cojeando.  Pero eso no la hace parar, sigue corriendo hasta llegar a una enorme plaza, que sin embargo está vacía, al igual que aquellas calles por las que vagaba a tales horas de la noche. 
Cuando el cansancio y la agotamiento derrotan a sus ganas de escapar, se para e intenta coger aire. Mira a su derecha; nadie, mira a su izquierda; nada. Se apaga la única farola encendida en toda la plaza. En ese momento, alguien la agarra violentamente, antes de que pudiera observar a sus espaldas.  
Dos sombras luchan por la supervivencia; una lo consigue, la otra no.
La bella dama cae en el suelo, derramando grandes cantidades de sangre. Sus ojos permanecen abiertos, aunque sin vida.

El Señor Wallace investiga el suceso. No es un hombre fuerte ni grandulón que se diga. Más bien es el típico bajito enclenque y delgaducho, con cara pálida y fina. Tan blanca como si la de un vampiro se tratase.
Mira al cadáver bañado en un charco de sangre. Una hermosa mujer, sin duda. En sus ojos hay una expresión de venganza y rabia.  Aunque carezca de vida, esa mirada expresa claramente lo que la mujer sintió en el momento de su muerte. Es muy impactante para Wallace; jamás había visto cosa igual.
Es un caso complicado, pero cree que podrá con él. Se siente altivo, y con ánimos para desenmascarar al homicida. Enseguida llena su pequeña libreta con datos sobre el caso y se dispone a darle su merecido al asesino.
A lo largo del día, el Señor Wallace se involucra totalmente en el caso. Ya ha analizado la escena del crimen y el cadáver, que según observó, había sido agredido con una navaja multiusos.
Llega la noche. El cansado inspector, se acuesta un rato, satisfecho de su trabajo, pero sigue planteándose quién podría ser capaz de matar a una mujer tan hermosa.
“Si aún tuviera vida- piensa- la invitaría a cenar.”
Por la mañana, el teléfono despierta al Señor Wallace. Le avisan de un suceso semejante al que está investigando, que se ha producido exactamente en el mismo lugar.
Wallace se viste, y de inmediato sospecha que el autor de tal crimen, es el mismo que el asesino de la bella dama.
Esta vez se trata de una mujer de edad más avanzada. Nuestro detective investiga el cadáver de nuevo, y observa los mismos cortes que en el anterior caso.
Esa noche, piensa adentrarse en la zona, para prevenir otro asesinato. Se sienta en un banco y espera hasta las 11 y media despierto y alerta. Pero el sueño le puede, y sus ojos se acaban cerrando por completo.
El reloj del ayuntamiento da las doce en punto. Una chica joven camina sola, probablemente no se ha enterado de la avalancha de asesinatos que se ha producido en esa plaza, y por eso la atraviesa sin prisa. En ese momento, alguien aparece de entre las sombras. La chica se gira y grita. Gracias a Dios, un policía que andaba vigilando la zona la escucha. La chica cae al suelo, todavía no está muerta; el asesino no ha rematado su faena ya que ha echado a correr al oír a un policía llamarlo.
Pero, ¿dónde está el Señor Wallace? Los bancos están vacíos, y parece no haber nadie más a parte de la chica, el policía y el supuesto agresor.
En ese momento, el homicida choca contra una farola, que enseguida se enciende. Cuando recobra la conciencia, no sabe donde se encuentra. Ve a una chica en el suelo, y se da cuenta de que se ha quedado dormido. Wallace no tiene ni idea de cómo ha ocurrido.
El policía lo amenaza y corre hacia él. En ese mismo momento, Wallace se da cuenta de algo: él es el asesino. Aunque, en realidad no era él. Era su lado oscuro, como el Ying de su Yang; el Dr. Jeckill de Mr. Hyde; alguien que no correspondía para nada con su personalidad.
Mira a su bolsillo; la navaja multiusos que llevaba en la mano le ha estado pinchando, dejándole unas dolorosas heridas en la mano.
En seguida se acuerda del rostro de la primera mujer. Rabia, lamento, y sobretodo venganza, recorrían su cabeza antes de fallecer. Venganza. Él pretendía vengarse de tal asesino. Ahora tenía la oportunidad de hacerlo. Y lo hizo. Por supuesto que lo hizo.
Agarró fuertemente la navaja, pese al dolor de sus heridas, y se la clavó con fuerza en el pecho. Se desplomó en el suelo. Setenta quilos impactaron con brusquedad en aquel suelo de piedra. Lo último que pronunciaron sus labios, cortados por el frío: Vendetta.